La otra mirada

El Mundial que no se ve

Japón perdió y pasó. ¿Especulación o juego?

A pesar de la derrota ante Polonia, Japón se clasificó a los octavos de final de la Copa del Mundo tras haber igualado con Senegal en puntos, diferencia de gol, goles convertidos, diferencia de gol en enfrentamiento directo y goles convertidos en esa misma condición. El criterio de desempate que se emplea en ese caso es el que premia el fair play o la deportividad, según lo traduce la propia FIFA. Es decir, Japón se clasificó a los octavos de final -por tercera vez en su historia- por haber visto menos tarjetas que el equipo de Senegal.

“Mayor número de puntos obtenidos por deportividad en función del número de tarjetas amarillas y rojas que hayan recibido los dos equipos en todos los partidos de la fase de grupos”, se lee en el inciso g), del apartado 5 del art. 32 del reglamento de la competición y, ciertamente, es lo que de manera coloquial llamamos “fair play” o juego limpio.

Causó múltiples resonancias la actitud del conjunto asiático en los minutos finales del encuentro disputado en Volgogrado. Tanto en los últimos minutos del partido como en el post, casi al unísono, los comunicadores de las transmisiones y los programas deportivos condenaron la manera en la que Japón, conforme con la derrota frente a Polonia por 1 a 0, retuvo la posesión de la pelota en el primer cuarto de su campo, y la hizo circular entre los laterales, el volante central y, sobre todo, los defensores centrales, sin mostrar intención de atacar, de jugar, de hacerle daño a su rival.

Hasta ahí, en circunstancias “normales” de juego -si existieran-, nadie podría acusar al respecto al seleccionado japonés, más que su propia gente, si no fuera porque esto ocurría justo después de que, a los 74’ del partido que disputaban Colombia y Senegal en simultáneo por la definición del grupo H, el central colombiano Yerry Mina sellara el 1 a 0 que clasificaba a los conducidos por Pekerman e igualaba a africanos y asiáticos en todos los criterios de desempate, a excepción del g): los puntos obtenidos por la deportividad en función del número de tarjetas recibidas durante toda la fase de grupos.

Deportividad. Eso entiende la FIFA, eso entiende la competencia, eso está en el reglamento. ¿Qué significaba esto? Que la derrota por un tanto metía a los japoneses en octavos de final y que otro gol de Polonia sería festejado por los africanos en el estadio de Samara.

En definitiva, luego de una profundización del ataque polaco que generó dudas en el fondo propio, Japón decidió no arriesgar la posesión de la pelota -contando con que Polonia estaba conforme con el honor de cerrar el Mundial con una modesta victoria y sólo jugaba a esperar en su campo y contraatacar-. Decidió dejar que transcurrieran los entre pases seguros y nula verticalidad. Porque, como dice Juan Román, si tenemos la pelota no nos pueden hacer un gol: se juega con una sola. Pero claro: el diez no contaba con que, nada más ni nada menos que en una Copa del Mundo, un equipo pudiera optar por querer conservar la posesión en el propio campo incluso con una derrota parcial de 1-0. O al menos si contara con esa posibilidad, no la preferiría. Como siempre, optaría por jugar.

Lo cierto es que el hecho de que el reglamento no restringe en este sentido los modos de jugar, de nada importó a la hora de condenar la actitud del equipo de Japón. Lejos de ponderar que, ciertamente, es un modo legítimo que los japoneses eligieron para actuar, según la situación que se jugaba -en dos estadios a 820 km de distancia y sin el verdadero opositor en el campo rival-, prevaleciendo el objetivo de evitar que les convirtieran y estando completamente dentro de lo establecido por el reglamento, incluso, en la cuestión definitoria de desempate.

Ricardo Crisorio señala que la relación que existe entre los elementos constitutivos del deporte es de determinación. Es decir, las reglas o el reglamento determinan los objetivos del deporte en cuestión, estos objetivos dan lugar a distintas situaciones de juego y, a su vez, estas situaciones serán resueltas a través de acciones. Asimismo, y discutiendo esta idea de relación jerárquica de determinación, Juan Bravo sugiere pensar que los elementos del deporte actúan en una relación de covariancia, es decir, toman valor unos de otros. En este sentido, el reglamento da lugar a un marco de acción, sin establecer ni determinar rígidamente qué se debe o no se debe hacer, y permite actuar libre y estratégicamente más o menos cerca de los márgenes.

Así es que, en cualquiera de estos posicionamientos teóricos, se constituye toda una lógica interna propia del deporte, que contempla todo el conjunto de acciones que pueden o no pueden suceder en el mismo. En este sentido, resulta cuanto menos extraño que se acuse al equipo de ejecutar una conducta “antideportiva”, cuando pareciera que la forma de ir en contra del deporte es romper su regla.

Puede uno imaginar que lo que suscitó tanto revuelo en los medios, en redes sociales y, llamativamente, en la voz de ex deportistas devenidos en comentaristas, es la posibilidad -otra vez, enmarcada por el reglamento- de que el factor que viabilizara la clasificación de Japón a octavos de final sea el “fair play”. Lo que resulta todavía más extraño es la poca relevancia que se le otorgó al hecho de que Japón haya desistido de la posibilidad de marcar en el propio partido y descansara en la seguridad, irrisoria y desprendida de argumento alguno, de que Senegal no convertiría un tanto ante Colombia en los dieciséis minutos que restaban jugarse. Dicho en otros términos, es evidente que por mucho que Japón pretendiese congelar su partido, nada podía asegurarle que sucediera lo propio en el otro cotejo. Entonces, ¿cómo es que tuvo lugar el juicio moral determinador de límites entre lo deportivo y lo antideportivo a una selección que, lejos de presentar destreza y “viveza” para hacerse con los imprevistos del reglamento, no hacía más que relegar su destino mundialista a la suerte de lo que acontecía en otro estadio?

Mucho se discutirá al respecto de lo que ocurrió con el seleccionado japonés en Volgogrado, sobre todo entre ejecutivos de mesas chicas y con miras a la próxima competencia mundialista; de seguro FIFA tomará cartas en el asunto, ateniéndose, en primera instancia, a los contundentes silbidos que se propinaron desde las tribunas y que, por supuesto, en nada condicen con la apuesta de espectáculo que es propia de una Copa del Mundo. Este caso, o como el del partido definitorio del grupo G que se jugó “a no ganar” entre Bélgica e Inglaterra, invita a pensar cómo, también en el deporte, los límites quieren ser definidos y explicados por la moral. Y no. Quizás, la especulación. Quizás, la deportividad. O, quizás, la siempre soñada posibilidad de jugar.


mac260