La Selección

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Una vez más, y como en todo el Mundial -salvo 35 minutos contra Nigeria-, la Selección Argentina de fútbol no tuvo el control de la situación. Esta vez, se midió ante una selección poderosa como la de Francia y la diferencia de juego no quedó reflejada en el resultado final de casualidad. 

La dupla Pogba – Kante se “devoró” rápida y fácilmente al Messi “falso 9”. Entre ambos, más los intratables Griezmann y Mbappe, “se tragaron” a Mascherano y a sus volantes de compañía, e hicieron lo que quisieron a sus espaldas.
Los pelotazos rectos y/o largos, que tienen que complicar menos que los cruzados, encontraron siempre mal parados a los centrales argentinos más sus volantes de colaboración. Tampoco cerraron bien los laterales. Los enormes “cráteres” defensivos siguieron de la misma manera con el equipo arriba 2 a 1: la Selección ni siquiera pudo ni supo aprovechar el momento favorable que obtuvo tras un “zapatazo” fuera de contexto y un gol de rebote. Era el momento para poner el partido bajo la suela, recalcular y acomodarse. No es un equipo, no lo sabe hacer. No tiene los intérpretes adecuados, tampoco lo saben hacer. Ni siquiera en ese momento apareció Messi para usufructuar espacios de un rival que debía salir a buscar el empate. Nunca lo acompañaron. Siempre le cortaron la línea de pase. Nunca se las ingenió para salir del encierro.
Argentina jugó sin referencia en el área, y con dos extremos como Cristian Pavón y Angel Di María. Aparentemente porque podían explotar la supuesta endeblez de los laterales de Francia, Pavard y Lucas Hernández. Entre ambos construyeron el golazo del empate. Hernández tuvo participación importante en el tercero de Francia. Pavón no gravitó nunca. Di María hizo un golazo e inquietó en un par de jugadas del arranque del segundo tiempo. Francia tuvo la referencia siempre, Giroud, no la resignó, y eso no le significó perder volumen de juego ni le impidió explotar la real endeblez de los laterales argentinos.
El ritmo de la Selección estuvo por debajo, siempre, de la mayoría de los equipos de este Mundial. Inclusive de los que perdieron más. Ritmo no es correr de más ni poner “carrileros” que no sirven para nada. Ritmo es ser más rápido para resolver, capacidad para ser veloz con la pelota, lograr precisión en velocidad. Si hasta acá eso estaba claro, ante Francia hubo años luz de distancia. Por esas cosas que tiene el fútbol, y por las que es tan atractivo e impensado, es que el partido terminó solamente 4 a 3.
A la Selección le hicieron siete goles en los dos partidos realmente serios que debió afrontar. Solo empató contra un equipo semi amateur como Islandia. Ganó un solo encuentro, en la agonía.
La Selección Argentina de fútbol llegó al Mundial sin ser un equipo. Lo único que podía revertir ese panorama era lo que llamábamos y llamamos “el valor agregado del jugador argentino”. Solo apareció en reacciones espasmódicas. Estos jugadores argentinos, entonces, no tienen ese valor agregado.
El técnico no sólo no tenía valor agregado: ni siquiera había hecho los méritos mínimos para ser entrenador de la Selección Argentina. Pero se equivocó incluso más de lo normal. Le trasladó sus confusiones y dudas al plantel en la etapa previa, no llegó al Mundial con una formación base, en el inicio de la competencia puso todo lo contrario a lo que había elegido en las prácticas, al no recurrir ni a Lo Celso ni a Banega y al empezar con la dupla de volantes centrales que atrasa cuatro años, Mascherano – Biglia. Terminó jugando más minutos Enzo Pérez, el jugador número 25 de la lista, que la mayoría de sus compañeros.
Gonzalo Higuaín, un delantero “top”, solo fue titular ante Nigeria. No hizo goles pero rindió bien y colaboró con el equipo. Tampoco tuvo continuidad. Sergio Agüero hizo dos goles, tampoco fue titular seguro nunca. En momentos de nervios, “calientes”, de definiciones terminales, el entrenador recurrió a un pibe, con nula experiencia internacional, Maximiliano Meza, y dejó en el banco a una estrella del fútbol mundial, al que no puede sorprender el escenario, Paulo Dybala.
Messi no es más el mejor jugador del mundo. Por ahí no lo es hace rato. O por ahí no lo fue nunca, al menos al no poder refrendarlo en su Selección. Incluso cuando lo eligieron supuesto mejor futbolista del Mundial de Sudáfrica, Iniesta fue en realidad, lejos, el número 1. Y en el Mundial de Brasil al menos dos o tres alemanes fueron más que Lío, más allá de que en la final Argentina jugó mejor que el campeón del mundo, sin que Lio pudiera tampoco gravitar en ese partido.
Lo real y concreto es que Messi no hizo un solo gol en definiciones a partir de octavos y ya lleva jugados tres mundiales de titular, y uno más de suplente. No es sólo una cuestión de resultados. Sino de fuego sagrado, de un plus que deben mostrar los verdaderamente elegidos, de aparecer cuando más se necesita. Cruyff, por ejemplo, fue bien grande; sin ser campeón del mundo, es cierto, pero tuvo mucho mayor protagonismo a la hora de la verdad que Lío. Habrá que preguntarse si a Messi le queda aun una posibilidad mundialista para pasar a ser lo que nunca fue. Le hicieron creer que era capitán, conductor, líder. Se lo creyó. Le hicieron y se hizo mal. Le tiraron todo el peso desde hace casi diez años. Nunca en un Mundial se cargó el equipo al hombro. Acá ni siquiera tenía un equipo para cargarse.